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Low-Intensity Philosophy

El pensamiento dicotómico. Una reflexión sin un final (i)

El pensamiento dicotómico

Existe algo en la tradición de pensamiento occidental que seduce por su sencillez. Algo que atraviesa transversalmente el saber para instalarse en un plano superior de racionalidad, en un metalugar, plano de los principios, cuasi-metafísico, desde el cual rige la determinación de los conceptos científicos, desde la lógica a la física, y pseudocientíficos, desde la ética hasta la teología. Se trata del pensamiento binario, pensamiento de la oposición, cero y uno, translógica de los dos valores de verdad, lógica excluyente de las categorías y la no contradicción. La seducción del pensamiento binario procede de su propia exigencia intrínseca: la simplicidad. La matemática formuló el ideal de simplicidad a fines del Renacimiento y desde entonces se ha convertido en un requisito metodológico exportado, tanto a la formalización de los principios de la aritmética y la geometría, cuanto a los saberes naturales, físicos. Si tratásemos con una historia de la formalización del saber, hallaríamos que ésta ha respetado este metaprincipio, incorporándolo en las formulaciones que del método científico se hicieron desde principios del siglo XX, al menos en su vertiente positivista.

La seducción del dígito procede, sin embargo, de tiempos más antiguos que aquellos en los que la lógica, no por más antepasada menos contemporanea de las ciencias de la información actuales, conocía esplendoroso albor entre los griegos, en las plazas públicas de Elea, Metaponto o Atenas, acaso en las ágoras y escuelas ambulantes de “sofistería”, a las que debemos, no se olvide, el buen y el mal humor de los científicos, las proezas y las miserias del método hipotético-deductivo. Sin duda, procede de mucho antes. De cuando los hombres dividieron sin saberlo a Venus en dos luceros, matutino y vespertino; de cuando nombraron a Isis y a Osiris, a la Vida y a la Muerte, la Potchach y la Guerra… Cuando el pensamiento dicotómico dejó de ser objeto de narrativas y pasó a merecer consideración social, ahí comenzó la vida intelectual de occiente.

Antes de la formalización de las dicotomías, éstas sólo señalan regularidades naturales que son prontamente sublimadas en los mitos y en las deidades, “islotes” de racionalidad en mitad de un universo animista y enajenado. Quizás el pensamiento dualista, en el principio de los principios, funcionó más bien como una exclusa que abriera y cerrara en el hombre lo que la naturaleza consideraba un único fluir. Quizás fuera así, o no, pero en este artículo no me interesa esa via. Me interesa el primer camino: el de Parménides y Heráclito, el del Ser el No-Ser, el de Pitágoras, Eudoxo y Euclides.

 

Binarismo: on/off

Desde los griegos, la reducción de los procesos (y de la naturaleza) a dos elementales posiciones de una variable (on/off) ha sido el sistema habitual utilizado para:

  • Ordenar el lenguaje en prosa, delimitando las categorías gramaticales de nombres, adjetivos, adverbios… y el sistema de sus relaciones jerárquicas.
  • Determinar así la ontología (metafísica) del mundo corporeo, corruptible, y del incorporeo, inmáculo.
  • Identificar, por proyección de la estructura del lenguaje sobre la del mundo (isomorfismo), idénticas regularidades en la naturaleza a las que a toda prisa íbanse constatando en el lenguaje.
  • Concluir que el pensamiento racional tiene por tarea (normatividad) certificar, catalogar y conectar todas esas regularidades que, ahora se afirma, se dan en la naturaleza.
  • Definir el espacio matemático necesario para representar el anterio discurso como un espacio puro y neutro con respecto a la significación, objetivo y anterior a ella.
  • Distinguir lo bueno (lo representable) de lo malo (no-representable) y, por extensión del campo semántico de pertinencia, a los buenos de los malos.

 

Entre estas distinciones, especialmente notoria e impactante ha sido la división entre el mundo de lo sensible y el de lo inteligible, llevada a su cénit por Platón y explotada más tarde, en versión religiosa, por los Santos de la Comunicación, los grandes ideólogos de masas de la teología medieval, Agustin de Hipona y Tomás de Aquino, y los grandes divulgadores y publicistas, de Adelardo de Bath a Urbano II, de Adalberón de Laón y Sigeberto de Gembloux a Inocencio III). Las dicotomías, en tanto fuente de la racionalidad occidental, son a su vez fuente de la marginalidad, la exclusión y la condena, Libro de la Revelación y descenso al reino de Hades. La segregación del pensamiento laico y naturalista durante el Renacimiento, desde su matriz mágico-filosófica de fines del medioevo no fue jamás absoluta. Pervivió el axioma de la simplicidad, el binarismo, la costumbre de suponer que cuerpo y espíritu eran algo más que categorías metafísicas especulativas: también significaban percepción sensible e idea mental, éter y vacío, corpúsculo y onda, hombre y mujer, canal abierto y canal cerrado, sí y no, día y noche, materia y antimateria, azar y necesidad, blanco y negro, indio y colono, estructuralismo e historicismo, capitalista y obrero, dominador y dominado.

La formalización a que el método científico somete a todo aquello que aspire a denominarse “saber” ha impuesto en el mundo contemporaneo, y a pesar de las protestas de todo tipo de entes, un modelo de análisis que es a la vez un modelo de comportamiento. Pareció en su momento que la lógica científica era capaz de esquematizar cualquier razonamiento en una secuencia infalible de causas, efectos y conexiones. Pero al final, era un espejismo. En otras palabras, y por coherencia con el propósito: todo era un esquema.

[Continuará]

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1 Comentario

  1. Paco Camarasa Menor 1 abril 2012

    Dos opciones 0 y 1, encendido o apagado, sí o no, sin posibilidad de duda, sin término medio.

    ¿Sería más fácil nuestra vida si nos moviéramos como ese mecanismo digital, si actuáramos con esa simple frialdad?.

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